
Es verdad que La Odisea ha dado mucho de qué hablar desde su estreno. Hay quien considera que Christopher Nolan se ha alejado demasiado del poema de Homero y que algunos cambios hacen que pierda parte de la esencia de la obra original. Y lo entiendo. Cuando una historia lleva acompañándonos miles de años, es normal que existan opiniones muy distintas sobre cómo debería adaptarse.
Pero, sinceramente, no quiero quedarme ahí.
Quiero contaros cómo la viví yo.
Porque, dejando a un lado las comparaciones con el libro, hubo algo que hizo que esta película se quedara conmigo mucho después de salir del cine.
Hubo una escena que me hizo mirar a Ulises de una forma completamente distinta.
Siempre lo había visto como el héroe que consiguió regresar a Ítaca después de diez años de viaje. Sin embargo, Christopher Nolan me hizo pensar en algo que nunca me había planteado.
¿Y si, en el fondo, no era el mar lo que le impedía volver?
¿Y si era él mismo?
El caballo de Troya fue una estrategia brillante. Gracias a esa idea terminó una guerra que llevaba años enfrentando a dos pueblos. Pero también fue el inicio de una auténtica tragedia. Aquella noche murieron miles de personas y una ciudad entera desapareció.
Mientras veía la película no podía dejar de pensar en el peso que debe de tener cargar con una decisión así. En cómo vuelves a abrazar a tu familia después de haber visto tanto horror. En cómo vuelves a ser la misma persona cuando sabes todo lo que ocurrió después de una idea que salió de tu cabeza.
Y fue entonces cuando entendí ese viaje de una manera completamente diferente.
Ya no veía a un hombre luchando por regresar a casa.
Veía a un hombre que todavía no sabía si merecía volver.
Por eso me gustó tanto la forma en la que Nolan representa a Atenea. Yo no la vi solo como una diosa que lo guía. La sentí como esa voz que todos necesitamos alguna vez. La que nos empuja a seguir adelante incluso cuando nosotros mismos somos nuestro peor enemigo.
No sé si esa era la intención de Christopher Nolan. Quizá solo sea la forma en la que yo viví la película.
Pero, para mí, ahí está la verdadera Odisea.
No en cruzar mares, enfrentarse a monstruos o desafiar a los dioses.
Sino en encontrar el valor para perdonarte y atreverte, por fin, a volver a casa.
Y sí, sin ninguna duda, La Odisea ya se ha ganado un hueco entre mis películas favoritas de Christopher Nolan.

¿Ha conseguido desbancar a Interstellar? Para mí, no. Y sinceramente creo que será muy difícil que alguna lo haga. Esa película ocupa un lugar muy especial y sigue siendo, con diferencia, mi favorita del director.
Muy cerquita estaría El caballero oscuro. Heath Ledger consiguió hacer un Joker tan brillante que, cada vez que la vuelvo a ver, sigue atrapándome como la primera vez. Es una de esas interpretaciones que pasan a la historia y que recuerdan por qué el cine puede llegar a ser tan increíble.

Ahora, La Odisea se suma a esa lista. No porque sea perfecta, sino porque ha conseguido algo que muy pocas películas logran: hacerme salir del cine pensando, dándole vueltas a sus personajes y descubriendo nuevos significados incluso horas después de verla.
Por eso, si todavía no la habéis visto, mi recomendación es muy sencilla: id con la mente abierta. No esperéis una copia exacta del poema de Homero. Dejad que la película os cuente su propia versión y, después, sacad vuestras propias conclusiones.
Y ya me conocéis… mientras veía algunas escenas no podía evitar pensar en cómo sería una vela inspirada en esta historia.
Si algún día llegara a existir en Fantasy Flames, creo que tendría el aroma del mar golpeando los acantilados de Ítaca, madera envejecida por la sal, cuero curtido de los escudos que sobrevivieron a la guerra, incienso de los templos griegos, hojas de olivo, un toque de ciprés y un fondo cálido de ámbar y vainilla que recordara que, por muy largo que sea el viaje, siempre hay un hogar esperándonos al final.
Porque algunas historias no solo se leen o se ven. También se sienten.
Nos leemos entre páginas.
— Nao, del equipo de Fantasy Flames.
